El del Audi y los súbditos

Pirámide de la superioridad moral.

El domingo pasado iba con la bici a coger el tren a las diez y cuarto de la noche. Os imaginaréis el poco movimiento de vehículos y personas que había en las calles a esas horas en domingo. En la calle Ruzafa, que es una calle de un sentido y tres carriles, un individuo me increpó mientras me adelantaba con su Audi TT. Pensé que le estaba echando la bronca al coche de delante por alguna pirula previa, típico comportamiento entre leones del asfalto. Seguí a mi aire porque a esas alturas no sabía que la cosa iba conmigo.

Calle Ruzafa.
Calle Ruzafa.

Llegaba yo al semáforo en rojo con intención de saltármelo de forma sana y divertida justo en el momento en que cambió a verde, impidiéndome de esta manera transgredir la norma y sentirme más libre y menos súbdito. Al individuo del Audi TT no pareció gustarle que un pringado ciclista le adelantara con un vehículo altamente recomendable y varios órdenes de magnitud más barato que su coche de mascachapas (¡por no hablar de la pasta que me ahorro en combustible, seguro, ITV, reparaciones y mantenimientos!) y volvió a increparme cuando me adelantaba. Los imbéciles se caracterizan porque te pitan para llegar los primeros al siguiente semáforo en rojo a esperar a que les alcances risueño. El tipo no debía saber que su exaltación en ningún caso iba a funcionar conmigo porque No me da la gana – Alertaciclista.

Como no tenía ganas de bronca, ya que desgraciadamente no tengo un cuerpo atlético para ir metiendo más que merecidas palizas a la gente imbécil en general, y a los conductores imbéciles en particular, me preparé una frase hiriente para lanzar certeramente por su ventanilla bajada. Impacté con mi frase “ay tanto cochecito, tanto cochecito…” y salté el semáforo en rojo en un gesto cargado de épica parecido a lo del vídeo pero sin maltrato animal.

El tipo, herido en su orgullo, encogido en su cómodo asiento de cuero, desmoralizado y hundido por mi afilado e incisivo ataque definitivo, aún tuvo el pundonor de increparme algo que por tercera ocasión no entendí, seguramente debido a su estado de nerviosismo porque un biciflauta le hubiera dado un repaso que no olvidaría. Llegué a la estación, subí al tren y me olvidé a los cinco minutos del incidente tras compartirlo en Facebook (¡y Twitter!) mientras disfrutaba de la placentera lectura en un tren semivacío, como las calles a esas horas o como el cerebro de aquel conductor.

El encontronazo me alteró momentáneamente. Estoy acostumbrado a encontrarme con imbéciles al volante, algo que por suerte ocurre muy de vez en cuando. He aprendido a pasar olímpicamente.

Última hora: no me importa.
Última hora: no me importa.

Lo que ha suscitado esta entrada son los comentarios en los que me han criticado por saltarme semáforos en lugar de condenar el acoso sufrido. La cuestión es que hubo un idiota que consideró adecuado insultarme, aun cuando yo iba perfectamente por la calzada y no había ningún tipo de impedimento para que él adelantara (1) PERO, sin embargo, algunos lectores apuntaron que yo me salté un semáforo (2). Anoche me violaron (1), pero es que yo iba provocando con mi mini falda (2). El ciclista atropellado (1) no llevaba casco (2). ¡Culpable, claro que sí! ¡Totalmente justificado!

Ahí radica lo interesante de la anécdota: un conductor consideró una provocación encontrar una bicicleta (circulando con todas las de la ley hasta ese momento) por lo que él consideraba su espacio y le pareció oportuno gritarme algunas cosas bonitas por la ventanilla. Les jode porque venimos a Asaltar su hegemonía – Alertaciclista.

A los censores de lo políticamente correcto les invito a que no sean más papistas que el papa porque TODO EL MUNDO SE SALTA LAS NORMAS. No existe el peatón que no se salte semáforos en rojo ni el conductor que circule sin exceso de velocidad. Por tanto, agradecería un mayor nivel a la hora de comentar, que dejemos de lado la hipocresía y la crítica de aspectos secundarios y apuntemos a lo importante: el reparto desigual del espacio, las normas injustas de difícil cumplimiento, las conductas de acoso y los privilegios al transporte motorizado.

Hagamos ahora una reflexión sobre las normas, los semáforos y la desobediencia

Sin ir más lejos, ese mismo domingo observé al medio día a una mujer esperando a que el semáforo cambiara a verde en una calle desierta y bajo un sol de justicia. Me dio un poco de lástima la señora y pensé, como siempre pienso, ¡excelente súbdita! Es evidente que se presentó ante mí un caso extraño y creo que pocos se hubieran mantenido sin cruzar la calle. ¿Pero qué lleva a una persona a estar aguantando tremendo calor en una calle de barrio, desierta y con perfecta visibilidad pudiendo cruzar? ¿Acaso no llega tarde esta señora a malcriar a los nietos en la típica comida familiar del domingo? ¿Qué se interpone entre ella y el feliz reencuentro con unos nietos a los que soborna con helado para que se porten bien y ni por esas? No, en serio, ¿cómo se justifica este hecho? Mi opinión es que hay mucha gente borrega que no se cuestiona el fundamento de las normas que acordamos en sociedad ni mucho menos piensan que ciertas normas puedan cuestionarse o desobedecerse.

Señora esperando bajo un sol de justicia a que el semáforo cambie a verde.
Señora esperando bajo un sol de justicia a que el semáforo cambie a verde.

Cuando me salto un semáforo cuando no viene nadie, lo hago con la conciencia muy tranquila y es un ejercicio de desobediencia hacia un invento, el semáforo, y hacia una doctrina, la gestión del tráfico, que sólo existen por los vehículos motorizados (capaces de alcanzar grandes velocidades y generar destrucción y muerte) y que además les beneficia, en perjuicio de viandantes y ciclistas. Es una OBVIEDAD que no me salto el semáforo de una avenida ciegamente, así que no me digáis que es peligroso porque si lo considerara peligroso no lo haría, como tantas otras cosas. Tampoco me salto un semáforo, por ejemplo, cuando pienso que haciéndolo puedo provocar un efecto de arrastre sobre otras personas que no estén prestando tanta atención, especialmente cuando hay niños o seres absorbidos por la pantalla de un móvil. ¡Encima pienso en la seguridad de los demás! Hasta aquí las justificaciones que por otra parte me parecen innecesarias.

¿A santo de qué voy a estar esperando a que cambie una luz para pasar cuando el semáforo es una invención para que vaya a gustito en coche una minoría (los conductores) que además contaminan y atropellan? Los semáforos son una imposición que pasa inadvertida con aura de incuestionable. Pues yo me cago en ellos. No seamos imbéciles, seamos rebeldes. Mi querida abuela de setenta y muchos años me cuenta cómo insulta a los conductores que no ceden en el paso de cebra mientras su amiga se parte. Me encanta y me llena de orgullo. ¡Lo bonito que es estar de vuelta de todo!

De igual forma que estamos cuestionando la dominación del automóvil en la ciudad, debemos cuestionar toda la cultura asociada al transporte motorizado. Quien no lo haga ya, debería empezar a ser más insumiso respecto a las normas cuando va caminando o en bici sin ningún tipo de remordimiento. Yo lo hago al grito de “soy un terrorista” y “antisistemaaaaa”. ¡Ejercitad vuestra libertad! Y recordad, le pese a quien le pese, somos seres moralmente superiores.

Pirámide de la superioridad moral.
Pirámide de la superioridad moral.

No me interesan los análisis de los súbditos que obedecen sólo porque las normas son las normas. No me aporta nada.  Lo interesante es el cuestionamiento de las normas desde la reflexión y en base al respeto hacia los demás. Desahuciar a una familia sin recursos o cortarles el suministro de electricidad podrá ser legal, pero innegablemente es un acto cruel, violento y un abuso de poder. La obediencia ciega de las normas es peligrosa y nos convierte en borregos, justo lo contrario a ciudadanos libres. Si no me creéis revisad estos enlaces:

Me dijeron que no me hubiera matado haber esperado 1 minuto en el semáforo. Pienso que:

  1. No hay motivo para estar parado cuando es perfectamente seguro continuar la marcha si no viene ni el tato. Cumplir las normas porque son las normas no es un motivo, aunque todavía habrá alguien que insistirá sobre ello en los comentarios. ¡Cansinos! Si un árbol cae en mitad del bosque cuando no hay nadie que lo pueda oír, ¿hace ruido? Cuando me salto un semáforo sin perjuicio para nadie, ¿soy un criminal malo? Qué bonito es el relativismo.
  2. Estar 1 minuto tragando humo cancerígeno del escape de los coches me perjudica. El 40% de los españoles respira niveles de polución por encima de lo establecido – La Vanguardia.
  3. Estar 1 minuto al alcance de un potencial agresor con un arma en forma de coche también podría acabar mal para mí. Escuredo atropellado intencionadamente por un taxista – La Vanguardia. En su versión arma blanca en Australia – Youtube.
  4. Perder el último tren me hubiera provocado mucho sufrimiento psicológico. Aunque no os voy a engañar, iba sobrado de tiempo.

En fin, DESOBEDECED Y NO SEÁIS SÚBDITOS, o podríais acabar apretando el botón de la cámara de gas. Que es el mismo argumento de mierda que aquellos que dirán que “si todos se saltaran los semáforos esto sería la anarquía y la destrucción total”.

 

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